“El
teatro es un mundo de falsos clímax, tensiones calculadas, un poco de histeria
y una buena cantidad de ineficacia. Pero lo que escribo no tiene obligaciones
con nada que no sea consigo mismo. Mi responsabilidad es simplemente con la
obra a mano”
(Discurso
de Harold Pinter en el Festival Nacional Estudiantil Dramático de Bristol;
1962)
Teatro de lo absurdo. Teatro
realista. Teatro de la inseguridad. Teatro del silencio. Existen múltiples
teorías acerca de cómo clasificar al llamado “estilo pinteriano”. No obstante,
a pesar de la diversidad de opiniones, lo cierto es que la escritura del
dramaturgo británico Harold Pinter no deja indiferente a nadie. El extensamente
conocido como “el más destacado representante del drama inglés de la segunda
mitad del siglo XX” es un experto de la insinuación y del “decir” sin “decir”
del todo. ¿Un método arriesgado? Quizá. Pero un método que lo llevó a ganar el
Premio Nobel de Literatura en 2005 como reconocimiento a esa capacidad innata
para convertir sus obras en algo imposible de igualar. Y es que, parafraseando
a la Academia, sólo Pinter lograba jugar al escondite a través del intercambio
de palabras.
